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 Decretar con fe  y hacerme el sordo para no escuchar al pesimismo, me permitieron llegar a  la televisión”

 

 

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Siempre he pensado que la mente es un lienzo donde podemos pintar aquello que nos parece impensable.

 

Desde el preciso instante en el que  acaricias un sueño con el poder ilimitado de tu valentía, los temores  e inseguridades corren despavoridos y abandonan para siempre los recovecos de tu alma.

 

Ahí es donde habitan para hacerte creer que tienes prohibido marcar la diferencia y saborear el néctar de la victoria.

 

Gracias a ese poder, llegué a la pantalla chica. Recuerdo que una tarde, sin pizca de duda en los labios, decreté que formaría parte de un programa de televisión donde hablaría de arte y cultura con un estilo único, nada convencional.

 

Ante todo, mi principal interés era expresar mis pensamientos y opiniones con un lenguaje que fuese entendible para todas las edades.

 

Sabía que iba a suceder de la manera más insospechada y natural, sin sentir  la respiración agitada y fuerte  de la impaciencia.

 

El tiempo me había enseñado que su pluma escribe renglones de triunfo,  en los momentos sabios y precisos de la existencia.

 

Un día, mi teléfono sonó. Sonreí. Aunque sonara ilógico y absurdo, algo me decía que escucharía las palabras que retumbaban día y noche -como un trueno - en mi cabeza.

 

-          Mateo,  tu personalidad es un tornado de alegría y positivismo. Me encantaría que formaras parte del programa de televisión ‘Causa y efecto’. Estoy segura de que le inyectarías mucha vida y frescura al formato- dijo una voz femenina.

 

Mateo-Blanco-MiraTV-Causa-efecto

Así, mi sueño pasó a convertirse en una aventura fascinante en el canal MiraTv. Amaba ser aprendiz de aquellos que me rodeaban. A decir verdad, había desempolvado mi niño interior y estaba resuelto a redescubrir el mundo que me rodeaba.

 

Cuando ponía los pies en el set, me despojaba de cualquier pensamiento que me arrebatara la humildad.  Dejaba  de ser  Mateo el músico para convertirme en Mateo Blanco, un hombre sediento de nuevos aprendizajes.

 

 Desde siempre, he tenido claro que cada persona es un maestro de vida y puede enseñarnos cosas maravillosas.

 

Tiempo después, el canal Mundo Max – en ese entonces Mundo Fox- me propuso formar parte del programa ‘Mundo Magazine’.  Para no parecer ingrato y malagradecido, hablé con la gran mujer que apostó por mi esencia y me abrió un lugar en su corazón.

 

-          Aunque me duele mucho que te vayas, es tiempo de volar. Debes crecer y esta nueva oportunidad te abrirá muchas puertas-  expresó con una voz que entremezclaba la nostalgia y la felicidad.

 

 

Aunque triste por abandonar a las personas que me enseñaban a ser un mejor ser humano y me regalaban risas por doquier, debía mirar hacia adelante.

 

Sin tomar impulso, di el salto sin pensar si caería al vacío y me estrellaría. Mi niño interior sólo deseaba aprender mientras se divertía intensamente.

 

Era la primera vez que Mundo Magazine tenía un segmento de arte y entretenimiento. Las expectativas eran altas. Sin embargo, mi poder interior nunca me permitió arrepentirme de abandonar la zona de confort  para caminar en el filo de lo incierto.

 

En esta nueva etapa, mi estilo era más sólido y definido sin dejar de ser yo. Había logrado crear ese lenguaje que capturara la atención de jóvenes y adultos, sin necesidad de calcar voces ajenas ni tratar de sumergirme en las aguas donde jugaban como sirenas,  las fórmulas preestablecidas que garantizaban el éxito de manera fácil y rápida.

 

Sin hambre de fama, siendo fiel a lo que pensaba y sentía, hice historia en la televisión de Orlando y me gané a pulso un lugar en el corazón de la gente. Tal como lo visualicé aquella tarde en la sala de mi casa.

 

Decreta con fe y hazte el sordo para no escuchar al pesimismo. El tiempo escribirá renglones de  triunfo,  en el momento sabio y preciso de  tu existencia.

 

Un abrazo,

 

Tu amigo Mateo Blanco.

 

 

 

Trayectoria:

 

Causa y efecto (2014) Mira Tv

Mundo Magazine (2015) Mundo Max

MUSIC

 

Cantando en español, escribí mi historia con renglones de triunfo”

 

 

 

Mientras mis compañeros de clase trataban de conquistar a  las niñas más bonitas del colegio italiano donde sembré  los momentos más gratos de mi vida, yo me enamoraba perdidamente de la ópera.

 

Cuando ella arropó mis oídos, sentado frente al tocadiscos de la casa de mis padres, una treintena de mariposas me recorrió el cuerpo. El corazón galopaba de prisa, como si quisiera llegar hasta el mismísimo escondite del sol.

 

Literalmente, fue amor a primer compás. Con la férrea determinación de un adulto, pese a mis escasos ocho años de edad,  tenía claro que mis respiros se vestirían con el sentimiento sublime de clásicos musicales como La Traviata, Rigoletto e Il Trovatore.

 

Propósito que reafirmé cuando la voz de Luciano Pavarotti  se coló por mis venas y me hizo llorar el alma.

 

Al finalizar cada año escolar, mis padres me llevaban de viaje. Fue en una de esas tantas travesías que lo conocí en escena.

 

Mi padre me aseguró que aquel hombre poseía un don único. “Cuando lo escuches, te encantará”, añadió con firmeza.

 

Mamá se limitó a sonreír en señal de aprobación. Mi curiosidad parecía explotar. Tantos elogios no podrían ser gratuitos. Sin embargo, no me hice muchas ilusiones. Nadie podría igualar la grandeza y genialidad de Giuseppe Verdi.

 

Sentado casi en primera fila, comencé a impacientarme. El personaje no atravesaba el telón. Sin embargo, la gente sonreía. Era como si él les fuese a obsequiar un instante que perduraría para siempre en sus recuerdos.

 

De pronto, la luz se apagó y el telón fue atravesado por una figura robusta e imponente. Entonces, su voz retumbó como un trueno e interpretó magistralmente los primeros versos de La Traviata.

 

Me paralicé. Era tal mi emoción que a duras penas podía parpadear. No podía entender como alguien podía cantar con tal exquisitez y precisión la obra de Verdi. Por un segundo, sentí deseos de subirme al escenario y cantar junto a él.

 

Esa noche, tras sonar la última nota musical y ensordecerme en aquella tormenta de aplausos y odas, me prometí no sólo que sería tenor sino que cantaría La Traviata y sería igual de único a Pavarotti.

 

Cuando regresé al colegio, puse mi plan en marcha. Recuerdo que en los recreos, cantaba a todo pulmón cuanta canción se me venía a la mente. Mis compañeros y amigos de entonces, no dejaban de perseguirme.

 

Me convertí en un flautista de Hamelin, por así decirlo. Frente a la súbita popularidad que adquirí, improvisé un telón con sábanas blancas en un salón abandonado. Allí me presentaba todos los días.

 

A medida que transcurrían los días, llegaban nuevos niños y adolescentes para escucharme cantar y aplaudirme al unísono. Aquella sensación era indescriptible.

 

Años después, ya entrado en los vaivenes de la adolescencia, por esas tramas que entreteje la casualidad, se me propuso audicionar para la Ópera Blanca de Colombia.

 

Me presenté sin el menor asomo de duda. Fue así como obtuve el personaje del ángel profeta. De ahí en adelante, fui invitado a participar en distintas operas que gozaron de gran éxito a nivel nacional.

 

Finalmente, tal como lo había decretado en mi niñez, me invitaron a formar parte del elenco de La Traviata. Allí comprendí que el poder de la mente era ilimitado y los sueños sí se podían hacer realidad.

 

Al terminar la secundaria, viajé a los Estados Unidos para seguir adelante. No estaba dispuesto a rendirme. Gracias a mi espíritu emprendedor y mi carisma, obtuve un empleo en el prestigioso restaurante Lucca de Boca Ratón (Florida), propiedad de Robert de Niro,  Drew Nieporent, Robin Williams, y Francis Ford Copolla, sin una pizca de experiencia.

 

Todo cambió el día en que el cantante contratado para amenizar una fiesta de cumpleaños, no llegó. Frente a la emergencia, le propuse a mi jefe que me permitiera cantarle al festejado.

 

Al principio, no me creyó. Sin embargo, le mostré tal convicción que nos encerramos en un refrigerador. Apenas abrí la boca, rompió a llorar. Entonces, me dio dinero para rentar un traje.

 

Mi historia dio un giro radical. Ahora era el Chef Tenor, el hombre que podía cocinar y cantar de manera mágica. Poco a poco, mi nombre se posaba en los labios de grandes leyendas del cine, estrellas de la música y personalidades destacadas de la política.

 

Una tarde la mismísima Bárbara Bush, esposa del expresidente George H. W. Bush,  entró a buscarme. “Mi esposo quiere escucharte cantar. Nuestros amigos nos han hablado muy bien de ti”, me dijo con dulzura.

 

Sonrojado, abandoné mis quehaceres y me dirigí a la mesa de uno de los hombres más importantes de la historia estadounidense.

 

Cuando pronuncié la última estrofa  de la afamada canción ‘El cóndor pasa’, su rostro emanaba felicidad. Antes de retirarme, me preguntó si podía tomarse una foto conmigo. ”El famoso eres tú, no yo”, expresó con gracia.

 

Tiempo después, gracias  a ese encuentro, llegué a la Casa Blanca para cantarles  en español a su hijo George W. Bush y  su esposa, la elegante y cálida Laura Bush.  Fue apoteósico, Todos, sin excepción, se pusieron de pie para ovacionarme. Algunos tenían lágrimas en los ojos.

 

Entre manjares y conciertos improvisados para satisfacer a los clientes, sentí que era momento de avanzar. No era momento para yacer en las orillas del conformismo. Entre el mar de opciones, decidí inscribirme en la Florida Atlantic University para estudiar música comercial.

 

Siempre me destaqué por ser un alumno apasionado, excesivamente perfeccionista y perseverante. Nunca me daba por vencido.

 

De no haber sido heredero de aquella personalidad tan cautivadora, hubiese corrido cuando la mismísima Aretha Franklin estaba frente a mí para interpretar una canción a dúo. Mis amigos aseveraban que debía cantar en inglés.

 

Despreocupado y sonriente, les respondí que cantaría en español y  que a ella le encantaría. Pensé en una canción que fuese relevante en ambos idiomas y se me vino a la mente el primer verso de ‘Bésame mucho’.

 

Acto seguido, con los ojos brillantes y una sonrisa tierna, ella interpretó el segundo verso y fusionamos nuestras voces.

 

Culminada la universidad, viajé a Atlanta para grabar mi primer disco. Era momento de cumplir con mi segundo decreto: ser único.

 

Tenía claro que debía innovar. Sentía cierta fobia a lo predecible y monótono. Sordo y terco, grabé ‘Mateo  Blanco724’ y me paseé por distintos géneros musicales. Era la primera vez que un tenor interpretaba desde salsa hasta vallenato.

 

Gracias a mi irreverencia, mi nombre fui incluido en la lista de los 100 personajes que han marcado la diferencia en la música de los Estados Unidos.

 

Esto, sin contar que una reconocida disquera de Colombia lo distribuyó en las principales ciudades del país.

 

Cantado en español, escribí mi historia con renglones de triunfo. Eso vale mucho más que un Grammy en tu habitación.

 

Si quieres cumplir un sueño, no te permitas seguir el camino que han recorrido otros. Decide ser tú e imponte el reto de marcar la diferencia.

 

Ese es el secreto del éxito.

Bendiciones,

 

Tu amigo Mateo Blanco.

 

 

 

Discografía

 

Mateo Blanco 724

 

 

  1. A Través de Tu Mirada
  2. Llenitas de Amor
  3. Vamos Al Baile
  4. Santa
  5. El Corazón de Macondo
  6. Luz Verde
  7. El Secreto de la Vida
  8. Las Cosas Que Soñé
  9. Cha Cha Cha Boom Boom
  10. El Cóndor Pasa
  11. Al Natural
  12. La Quiero a Morir
ARTIST

 

“Soy un niño fantástico que habita en el cuerpo de un adulto. Mi rostro es de chocolate,  mis manos son de azúcar, mis cabellos están hechos con pelo de perro, mi cuerpo es una sinfonía de colores nunca antes vistos y mis pies fueron esculpidos con finos trozos de maní”

 

Algunas veces, abandonada la razón a los caprichos de la plácida quietud, me topo con la imagen de  un niño fantástico que persigue afanosamente a los relojes blandos de Dalí-  dotados de vida y una velocidad pasmosa - en un paisaje mitad surreal y mitad humano.

 

No es un niño cualquiera. Su rostro es de chocolate, sus manos son de azúcar, sus cabellos están hechos de pelo de perro, su cuerpo es una sinfonía de colores nunca antes vistos y sus pies fueron esculpidos con finos trazos de maní.

 

Finalmente, el pequeño cambia de rumbo y cruza la frontera que separa mis recuerdos comunes de mis recuerdos más preciados.

 

Acto seguido, abre las gavetas de mi vida y forma un verdadero caos con aquella colección de memorias.

 

Tras obligarme a naufragar en un auténtico mar de recuerdos, encuentra la peculiar historia de mi devoción por  el arte. De inmediato, la fisgonea sin vacilar.

 

Antes de que pueda darme cuenta,  viajo al pasado-más exactamente a mi infancia-  y me veo en Medellín  junto a Joaquín Restrepo, mi mejor amigo del colegio, contemplando las obras de Débora Arango y Fernando Botero, artistas que nos hacían soñar y nos inspiraban a pintar retratos coloridos que acaparaban los elogios de profesores y alumnos por igual.

 

Él y yo conformábamos un binomio perfecto, como el Quijote y el Sancho Panza de Cervantes. Uno complementaba idealmente al otro. Aunque muchos aseguran que nadie es indispensable en la vida, hay seres que debes conocer casi por obligación para degustar los sabores únicos de la alegría, la locura y el desparpajo.

 

Podría aseverar que amaba el arte desde antes de tener uso de razón. Nunca fui un niño convencional. Mientras mis amigos jugaban con carros de juguete, yo me sumergía por completo en las obras de Cézanne, Dalí, Miró, Picasso y Van Gogh.

 

En mi imaginación infantil, entraba dentro de aquellas pinturas y jugaba a mi antojo  con colores, objetos y personajes. No necesitaba nada más para ser feliz.

 

 

 

A Joaquín le sucedía exactamente lo mismo y  no era usual encontrar a un  niño con esa misma devoción por el arte. Éramos dueños de almas gemelas que se habían encontrado en el lugar y momento exactos.

 

Así, unidos por aquella complicidad inocente donde el cariño construyó un muro para que la envidia nunca se hospedara en nuestros corazones, cruzamos el puente de lo pueril casi sin darnos cuenta.

 

Con un poco de vello púbico en el rostro, la pubertad nos dio la bienvenida a su mundo. Para ese entonces, yo me inclinaba más por la música y Joaquín permanecía fiel al arte. Sin embargo, uno apoyaba incondicionalmente al otro.

 

Cuando cumplimos catorce años, me propuse ayudar a mi gran amigo a cumplir su sueño. De cierta manera, era como cumplir el mío.

 

Una tarde, camino a casa, pasamos por la morada de la gran Débora Arango. Sin que Joaquín se diera cuenta, le arranqué el maletín y lo lancé dentro de su casa.

 

Él palideció. Yo, sobrio a más no poder, le pedí que me siguiera la corriente. “Joaquín, es ahora o nunca. Usted siempre ha querido conocer a Débora y hoy es el día”, le aseguré.

 

De pronto, se abrió la puerta. Una mujer entrada en años y de semblante alegre, nos miró fijamente. Nervioso a más no poder, Joaquín le confesó que yo había lanzado el maletín.

 

Yo lo negué rotundamente y le eché la culpa. Al vernos, ella sonrió. De cierta manera, había intuido que deseábamos conocer a Arango.

 

 “¿Les gustaría tomarse un vaso de agua y hablar con Débora? Entren conmigo”, nos preguntó con amabilidad.

 

Aceptamos de inmediato. La mujer nos hizo entrar a la sala y tomamos asiento. Minutos después, la propia Débora Arando apareció.

 

¿Ustedes querían conocerme? Mucho gusto, soy Débora Arango”, pronunció con una voz que dulce y fuerte a la vez.

 

Mientras Joaquín permanecía enmudecido, tímido a más no poder, yo me presenté con un caluroso apretón de manos.

 

Mi simpatía y actitud le inspiraron mucha ternura Entonces, ella le pidió a Joaquín que se presentara. A duras penas, pronunció su nombre.

 

¿Les apetece un vaso de jugo?”, preguntó. “Después de almuerzo, muchas gracias por preguntar”, respondí como si la conociera de antes.

 

Las carcajadas de Débora y  la mujer que nos abrió la puerta, estallaron al unísono. Avergonzado, Joaquín quería meter la cabeza debajo de la tierra. Pese a las miradas de mi amigo, no me disculpé por mi atrevimiento.

 

Aquel descaro empapado de picardía, nos hizo merecedores de la empatía de Débora. Ese fue el inicio de una gran amistad, en la que nos convertimos en aprendices de un ser humano maravilloso, dueño de una singularidad mágica e hipnotizante.

 

De la misma manera,  me las ingenié para que Fernando Botero conociera el talento de Joaquín.

 

No sólo entramos a la habitación del hotel donde se hospedaba junto a su esposa, sino que nos colamos en un fastuoso evento del que nos había hablado el día que lo conocimos y Joaquín le obsequió un par de retratos hechos por él.

 

Para variar, Joaquín estaba nervioso y me repetía hasta el cansancio que no nos dejarían entrar. “No estamos invitados”, pronunciaba una y otra vez.

 

Si él nos habló de que estaría aquí, era porque quería que viniéramos. Confía en mí, todo saldrá excelente”, le repetía sin parar.

 

Finalmente, llegamos a la mesa de Botero. Sorprendido por nuestra osadía, nos invitó a sentarnos. Cuando vi el brillo de sus pupilas, supe que había logrado mi cometido. Nunca nos olvidaría.

 

A unas semanas de finalizar la secundaria, un interrogante rondaba mi cabeza: ¿Qué sucedería con Joaquín? Yo viajaría a los Estados Unidos para estudiar música. Era mi mejor amigo, ese hermano que la vida me había obsequiado. No estaba dispuesto a dejarlo a la deriva.

 

Me las arreglé como pude y viajé muy temprano a Bogotá para visitar al maestro David Manzur, quien gozaba de ser un hombre excesivamente hermético y exigente. Días atrás, le había enviado los retratos de Joaquín.

 

Al caer la tarde, tras una larga y compleja conversación, Manzur me prometió conocer a Joaquín y prepararlo. Regresé ese mismo día a Medellín con el alma regocijada.

 

Dos semanas después, nos graduamos. Dos días después, llegué a los Estados Unidos para convertirme en un gran cantante.

 

Sin embargo, mi amor por el arte seguía vivo. Lo que me reconfortaba era saber que Joaquín era feliz, aprendiendo de uno de los artistas más importantes de Colombia y Latinoamérica.

 

Los años se esfumaron casi sin darme cuenta. Con mucho esfuerzo,  me había convertido en tenor y había grabado un disco.

 

 

Aunque suene descabellado, me sentía infiel. Tanto, que cuando veía una pintura de Cézanne, Dalí, Miró, Picasso y Van Gogh, buscaba con desespero aquella imaginación que me permitía entrar a ellas para jugar con los colores, objetos y personajes, como en mi infancia.

 

Comprendí que era momento de soltar las notas musicales y liberar aquella creatividad que mantuve cautiva durante tantos años.

 

Decidido a marcar la diferencia, convertí lo ordinario en algo inimaginable. Así, utilicé el maní para darle forma al retrato de la bella y talentosa actriz Jennifer Lawrence; el pelo de perro para rendir tributo al John Lennon y el chocolate para crear una escultura del famoso beisbolista estadounidense Hank Aaron.

 

Absorto en mis creaciones, comprendí que Joaquín había sido mi maestro de vida. Gracias a él, descubrí mi fortaleza interior. Esa terquedad férrea que me hizo cumplir mi sueño musical.

 

Hoy sólo tengo palabras de gratitud para él. Si no lo hubiese conocido, mis obras no estarían expuestas en el Museo Ripley´s Believe it or not y el Museo The Louisville Slugger. Su genialidad fue determinante para lograrlo.

 

Al finalizar el periplo por ese recuerdo tan preciado, el niño fantástico se ríe exactamente igual a mí, cuando conocí a Débora Arango  y  Fernando Botero. La misma risa que solté cuando convencí a Manzur de darle una oportunidad a Joaquín.

 

Complacido, entiendo que ese niño soy yo.  Si habito en este cuerpo de adulto, es sólo para pasar inadvertido.

 

Acto seguido, el pequeño regresa al paisaje mitad surreal y mitad humano para perseguir a los relojes blandos de Dalí.

 

Resuelto el misterio, me devuelvo a la monótona realidad para perseguir mis propios relojes blandos: esos retos y objetivos que muchos ven inalcanzables.

 

 

Dedicado a Joaquín Restrepo, mi maestro de vida.

 

Dentro de ti, también habita un ser  fantástico capaz de lograr lo imposible y ayudar a que otros cumplan sus sueños.

 

¡Búscalo y lo encontrarás!

 

Bendiciones,

 

 

Tu amigo Mateo Blanco

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